martes, 4 de enero de 2011

Hallan una fosa común del nazismo

Setenta años después de su apogeo, siguen apareciendo pruebas de los crímenes cometidos por el nazismo. En el oeste de Austria fue hallada una fosa común con restos de 220 supuestas víctimas de un programa de exterminio nazi, diseñado para matar y desaparecer los rastros de personas con diferentes discapacidades físicas y mentales. La emisora pública austríaca ORF informó que la fosa fue descubierta en el ex cementerio del centro de psiquiatría del hospital regional de la localidad alpina de Hall, en el Tirol austríaco, durante unas obras que se estaban realizando en el recinto sanitario.

Las víctimas habrían sido enterradas entre 1942 y 1945, y se sospecha que muchas de ellas murieron en el llamado Programa de Eutanasia, puesto en marcha por los nazis para potenciar la “raza aria” eliminando a discapacitados, entre ellos muchos menores de edad.

Las autoridades austríacas paralizaron las obras y conformaron una comisión cuya función será investigar la identidad de los cuerpos y la posible existencia de más fosas comunes. Según aseguró el historiador austríaco Horst Schreiber al diario El País de España, de confirmarse que las víctimas fueron asesinadas bajo el método de ese programa nazi, la cifra descubierta sería “exorbitantemente alta”, ya que se suponía que allí los nacionalsocialistas habían matado a no menos de un centenar de personas.

Hasta que no se practiquen los análisis forenses no se podrá determinar cómo fallecieron las víctimas allí enterradas. Según lo estudiado por los especialistas, el hospital Hall estaba sospechado de ser escenario de varias muertes por abandono e inanición, aunque sus autoridades durante la dominación del Tercer Reich lo hayan desmentido.

Se estima que casi 300 mil personas con algún tipo de enfermedad o discapacidad fueron asesinadas durante el régimen nazi bajo este programa, categorizados como “vidas indignas de ser vividas”. De ellas, se calcula que unas 30 mil fueron asesinadas por los nacionalsocialistas durante 1942 y 1944 en el antiguo palacio de Hartheim, cerca de la capital de Alta Austria, Linz. El castillo es el lugar más vinculado con el Programa de Eutanasia de Austria, territorio que fue anexado a la Alemania nazi por las tropas de Adolf Hitler en 1938.

Según un informe del Museo del Holocausto, el planeamiento del programa empezó en 1939. Durante el inicio, médicos de centros psiquiátricos y hospitales, protegidos por el gobierno de futuras acciones legales en su contra, seleccionaban a discapacitados mentales y físicos para exterminar. Con la excusa de ser sometidos a un tratamiento, los trasladaban a centros de gaseamiento y eran asesinados con monóxido de carbono puro. Esa fue la primera etapa del programa, que duró hasta 1941 y se alzó con cerca de 70 mil muertes, según cifras oficiales. El propio Hitler ordenó una pausa en su aplicación, debido a la lluvia de protestas privadas y públicas que le llegaban al gobierno por las matanzas, especialmente del clero alemán.

En una segunda etapa del programa, iniciada en 1942 y completamente secreta, las matanzas se llevaban a cabo mediante inyecciones letales o sobredosis de droga. Además, el grupo de víctimas se amplió hasta incluir a los llamados asociales, ancianos y prisioneros de campos de concentración que por diferentes impedimentos físicos no podían realizar trabajos forzosos.

lunes, 3 de enero de 2011

'Después de bajar al infierno en Mauthausen, subí al paraíso'

Las voces que sobrevivieron al Holocausto siempre resultan estremecedoras. Ramiro Santiesteban, a sus casi 90 años, habla del infierno y del paraíso, de su antes y después de Mauthausen. Español ahora residente en Francia, fue hecho preso por los nazis -junto a su padre y su hermano- pero consiguió rehacer una vida que ha recreado en forma de novela la periodista Paloma Sanz en 'Amanece en París' (Temas de Hoy).

"Dime si tienes miedo a morir. ¡Dímelo! Te ordeno que me lo digas, ¡desgraciado!". Santiesteban recuerda cómo le gritaba un sargento de las SS hace más de seis décadas. Dice que ha perdonado, pero que es incapaz de olvidar.

Ramiro Santiesteban. | Planeta

Ramiro Santiesteban. | Planeta

Entre 1940 y 1945 unos 7.500 españoles -de un total de 200.000 prisioneros internacionales- estuvieron confinados en Mauthausen, un campo de concentración calificado por los nazis como el único de categoría III, es decir, de exterminio total. "Después de bajar al infierno subí al paraíso", relata Santiesteban al otro lado del teléfono.

Sus anécdotas de aquellos años se cuentan por atrocidades. Fue detenido en la frontera entre España y Francia, huyendo de Laredo (Cantabria) por la Guerra Civil. Entró en el campo de concentración con 16 años. Recuerda, por ejemplo, la vez en que tres prisioneros judíos polacos traspasaron los límites de seguridad, rasgaron sus camisas y mostraron su pecho desnudo al centinela para que les disparase ante los ojos de todos.

O cuando un oficial obligó a un prisionero ruso a tirarse por un despeñadero. "Para sorpresa de todos, incluso del oficial, el hombre se puso en pie. Había sobrevivido a la caída. Fue un milagro. Pero, el oficial le obligó a subir de nuevo los 186 peldaños que conformaban la 'escalera de la muerte' para que se tirase de nuevo. No se volvió a levantar", explica. "Son imágenes que no se borrarán nunca de mi memoria".

Dice que nunca pensó en el suicidio, algo muy habitual en aquella cruenta realidad. "Cada mañana aparecían 15 o 20 personas que se habían lanzado contra las vallas electrificadas". Y cuenta que lo más duro fue compartir cautiverio con su padre y su hermano porque "se sufre más cuando se tiene familia en el campo".

Santiesteban se salvó del exterminio. El día que llegaron las tropas americanas y les liberaron "fue el más feliz" de su vida. Pero necesitó muchos años para salvarse de lo que venía después: la vuelta a la vida. En este punto, Santisteban hace un alegato del amor incondicional de su mujer: "Hace falta mucho tiempo para poder hacer una vida normal después de una experiencia así. He pasado muy malos momentos hasta que conocí a Niní, mi gran compañera".

En ese sentimiento de amor se escuda la autora para dar forma a la novela. "Ese amor incondicional que actúa como elemento redentor y que permite sobreponerse a terribles circunstancias", destaca Sanz.

La también autora de 'Rojo pasión, negro destino, verde porvenir' explica que todo lo que sucede en el libro, tanto los hechos, como las descripciones y los personajes son reales. "Para esta novela me he guiado completamente por el testimonio de Ramiro, un testigo del siglo XX que ha vivido en primera persona la Guerra Civil española y la segunda Guerra Mundial y sus consecuencias y que es uno de los pocos que todavía continúa vivo".

El genocidio nazi no sólo asesino judíos