martes, 1 de marzo de 2011

Un "Heil Hitler" de un turista le cuesta un arresto

Un canadiense de 30 años ha sido arrestado en Alemania por fotografiarse haciendo el saludo nazi junto al Reichstag en Berlín. El turista se encontraba de pie sobre las escaleras que dan acceso al parlamento alemán cuando decidió que su novia lo fotografiara alzando el brazo derecho con la palma extendida.

Tal gesto está prohibido en Alemania, por lo que la policía le detuvo al instante, esposándole y requisándole la tarjeta de memoria de la cámara digital. Pese a que corría el riesgo de ser acusado formalmente de hacer este gesto prohibido, un delito por el cual podría ser condenado a una pena de prisión de hasta seis meses, finalmente la policía lo liberó a las pocas horas al considerar su situación de turista y tras abonar una pequeña fianza.

Cientos de turistas cada año cometen el mismo error al visitar Alemania, al considerar que puede ser muy divertido fotografiarse haciendo el saludo nazi o incluso gritando "Heil Hitler". Pero todos los gestos que pueden identificarse con el régimen nazi o la exhibición de símbolos nazis son considerados un delito en la Alemania actual, según informa el diario The Telegraph.

Un récord del mundo muerto en la trinchera

En 1938 el estadio de Colombes en París acogió el Campeonato de Europa de atletismo al aire libre en el que brilló por encima de todo la actuación del equipo alemán que arrasó en el medallero y confirmó la supremacía a nivel continental que ejercían los germanos. Pero aquella brillante selección quedó enterrada en gran medida por la Segunda Guerra Mundial. Nueve de los atletas más sobresalientes de aquella generación perdieron la vida en el conflicto. Rudolf Harbig, que llegó a tener tres récords del mundo al mismo tiempo, ha sido el más célebre de ellos.

JUAN CARLOS ÁLVAREZ A Rudolf Harbig le sirvió de poco convertirse en uno de los grandes atletas alemanes de comienzos de siglo. Sus notables logros, que en muchos otros países le habrían garantizado un puesto "seguro" durante la Segunda Guerra Mundial, no le evitaron ser destinado al frente del Este durante el conflicto militar. Y allí, en una batalla cualquiera, entregó su vida como la hicieron decenas de deportistas de élite alemanes a quienes el desquiciado régimen también cargó con un fusil al hombro. El atletismo fue un deporte especialmente masacrado como demuestra el hecho de que nueve de los componentes de la selección que acudió en 1938 a París perdieron la vida durante la guerra. Esta es simplemente la historia de uno de ellos.

Harbig, nacido en Dresde en 1913, llegó algo tarde al mundo del atletismo. El deporte formaba parte esencial de la educación alemana en aquel tiempo y Harbig tenía unas evidentes condiciones que aprovechaba a la practicar diferentes modalidades. Un día Woldemar Gerschler le vio correr los 800 metros en poco más de dos minutos y decidió invitarle a formar parte del equipo que dirigía en aquella ciudad. Y se quedó para siempre con las zapatillas de clavos. Su progresión fue meteórica y no tardó en convertirse en un extraordinario mediofondista. Convirtió los 800 metros en su especialidad, aunque también sobresalió en los 400 metros, algo que le permitió disfrutar de una fabulosa velocidad terminal. En 1936 se proclamó campeón de Alemania en los 800 metros y ese mismo año, en los Juegos Olímpicos de Berlín, formó parte del equipo que conquistó la medalla de bronce en los 4x400. Era su primera gran incursión en las competiciones internacionales, de las que se iba a convertir en un asiduo. Es en el Europeo de París donde inicia su mejor etapa atlética. Allí suma una medalla de oro en los 800 metros y en el 4x400, un aviso de lo que vendría a continuación. En 1939 bate el récord del mundo de 400 metros (46 segundos) y vive una carrera inolvidable en Milán contra quien le discutía el reinado en los 800 metros a nivel mundial: el italiano Mario Lanzi. La carrera, pese a que la amenaza de la Segunda Guerra Mundial parecía llenarlo todo, supuso un acontecimiento en Italia donde Lanzi constituía todo un referente. Pero el alemán en aquel tiempo era un tren imparable. El italiano, jaleado por su público, lanzó la carrera a un ritmo muy alto, demasiado para él. Harbig no tuvo problemas para pegarse a sus talones y resistir la embestida. A falta de doscientos metros el alemán cambió el ritmo y se fue como una flecha a por la meta. Lanzi acabó desfallecido mientras Harbig detenía el crono en un asombroso tiempo para la época de 1:46.60, nuevo récord del mundo. Su tiempo tardó casi dieciséis años en ser mejorado y hubo que esperar a 1955 para que alguien fuese capaz e invertir menos tiempo en dar las dos vueltas a la pista (sólo el récord de Coe duró más tiempo). Harbig reinaba en el medio fondo y en gran medida se aprovechó de la terrible crisis que la Segunda Guerra Mundial generó en el deporte. Disminuyeron las competiciones, se suspendieron campeonatos, murieron deportistas y mejorar se convirtió en secundario para la mayoría de atletas de la época. Pero Harbig, en esa etapa de absoluto desconcierto, siguió evolucionando y sumó en 1941 el récord del mundo de 1.000 metros para convertirse en el único atleta de la época que tuvo tres registros mundiales al mismo tiempo.

Pero la Guerra es un animal imparable que tarde o temprano acaba por alcanzarte. A Harbig le valieron de poco las medallas, los reconocimientos o las recepciones oficiales que los dirigentes germanos dedicaron a sus deportistas, elemento fundamental de su propaganda. Como tantos otros deportistas de élite fueron llamados a filas, se les colgó un fusil del hombro y se les dio la orden de matar. El mediofondista fue enviado a combatir al Frente del Este, un mal destino. Allí, en Ucrania, recibió el 5 de marzo de 1944 un balazo que acabó con su vida y cerró la carrera de uno de los mejores atletas de la primera mitad del siglo XX que dio Alemania. Luego llegaron los reconocimientos, su nombre en cuatro estadios diferentes, el reconocimiento que le ha dado la historia. En aquella Guerra ocho de sus compañeros de selección de atletismo tuvieron su mismo destino.

La obra 'El mar y veneno' de Shusaku Endo relata experimentos médicos de japoneses con prisioneros en II Guerra Mundial


La novela 'El mar y veneno', de Shusaku Endo (1923-1996) y editada por Ático de los Libros, relata los experimentos médicos llevados a cabo, durante la Segunda Guerra Mundial, sobre ocho prisioneros estadounidenses capturados por los japoneses, que culminan con la lenta y metódica vivisección de uno de ellos.

Así lo ha detallado la editorial en una nota remitida a Europa Press, donde informa de que dicha novela sale a la venta este lunes en su edición en castellano, al tiempo que destaca que Shusaku Endo es "uno de los autores más importantes de la literatura japonesa moderna", ganador de todos los grandes premios del país nipón, entre ellos el 'Akutagawa', 'Tanizaki', 'Manichi' y 'Shincho', estos dos últimos precisamente por 'El mar y veneno'.

En este sentido, la novela describe las reacciones de los médicos ante el horror que se ven abocados a cometer y, en "una narración apasionante que mantiene al lector enganchado y en tensión desde la primera página", construye "delicadamente" el mensaje de que "quienes consienten un crimen son tan culpables como los que lo cometen".

En concreto, el argumento se basa en la vivisección de ocho tripulantes de bombarderos B29 en la universidad imperial de Fukuoka. Estos experimentos incluyeron la extracción de tejido de los pulmones, incisiones en el corazón y substitución de sangre por agua salada. Ninguno de los sujetos sobrevivió a los experimentos. Aunque los personajes del libro son ficticios, los hechos que narra son reales.

Cabe destacar que Endo ha recibido elogios "unánimes" de la crítica internacional por su obra. Si bien, cuando se publicó en Japón, en 1958, fue uno de los primeros libros en tratar de la cuestión de "las atrocidades cometidas por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial y despertó una gran polémica".

Asimismo, 'El mar y veneno', que fue llevada al cine en 1986, se considera la primera gran novela escrita por Endo. Hasta la fecha estaba inédita en castellano, por lo que Ático de los Libros continúa con esta obra "la labor de difusión de la literatura japonesa".