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viernes 27 de junio de 2008

La Rosa de Tokio


Se llamaba en realidad Iva Toguri D'Aquino, y falleció en Septiembre de 2006 por causas naturales en un hospital de Chicago. Tenía 90 años.

Hija de inmigrantes japoneses, Iva Toguri nació en Los Angeles (California) el 4 de julio de 1916. En el verano de 1941 viajó a Japón para visitar a un tía suya que se encontraba enferma. No imaginaba como este viaje iba a trastocar su vida.

Llegó a Japón el 25 de julio de 1941, y estuvo viviendo en casa de sus tíos. Allí le sorprendió meses después el inicio de la guerra, de manera que se vió obligada a permanecer en Japón.

Mientras, en California, la familia de Iva como tantos miles de ciudadanos de ascendencia japonesa, fueron enviados a un campo de concentración, camino del cual falleció su propia madre.

Por su parte, Iva también era tratada por las autoridades japonesas casi como una enemiga, debido a su nacionalidad estadounidense. En Japón encarcelaron a muchos extranjeros residentes en ese país, pero Iva se libró debido a su ascendencia japonesa. Pese a todo la miraban con recelo. Hay que decir que Iva apenas sabía hablar japonés.

Por esta época tuvo varios empleos. Mientras trabajaba de mecanógrafa para una agencia de noticias, conoció al Mayor Charles Cousens, un prisionero de guerra australiano capturado en Singapur y obligado a trabajar en Radio Tokio.

Se trataba de una forma novedosa de guerra psicológica. Radio Tokio era una emisora que orientaba sus potentes antenas hacia el Pacífico con el objetivo de que fuera escuchada por los marineros y soldados yanquis que inundaban este escenario bélico. Se trataba de emisiones en inglés, normalmente con la melodiosa voz de chicas norteamericanas de origen japonés y acento californiano, que emitían comentarios subliminales y mordaces acerca de la horrible muerte que les esperaba a los yanquis a manos de los aguerridos soldados japoneses que se atrincheraban en las numerosas islas ocupadas por Japón en el Pacífico.

Cousens le pidió a Iva Toguri que trabajara con ellos en esta emisora, donde se encargaría de escribir los guiones para ser emitidos a las tropas aliadas en el Pacífico.

Poco después, las autoridades japonesas de Radio Tokio, le pidieron a Cousens que preparara a una locutora para un programa musical que se llamaría Hora Cero. De esta manera Iva pasó a estar delante del micrófono.

El programa comenzó a emitirse a mediados de 1943. Hay que decir que el apodo de Iva Toguri nunca fue la Rosa de Tokio sino la Huérfana Ana (Orphan Ann). Lo de la Rosa de Tokio fue el apelativo que le pusieron los soldados yanquis del Pacífico. En realidad en toda esta historia no es fácil distinguir la realidad de las manipulaciones o invenciones, pues hubo varias locutoras nacidas en EEUU que trabajaron para Radio Tokio igual que Iva. Sin embargo a diferencia de las otras chicas, Iva Toguri no quiso renunciar a la nacionalidad estadounidense, tal y como le ofrecieron las autoridades japonesas, y esto la convirtió en el blanco perfecto para ser acusada de "traición a la patria" una vez acabada la guerra.

El caso es que, tras la rendición incondicional de Japón y el fin del conflicto, se inició una verdadera caza de brujas para descubrir y capturar a la Rosa de Tokio. Iva Toguri fue arrestada en Yokohama el 5 de septiembre de 1945. Los fascistas yanquis enseguida se ensañaron con ella, pues la consideraban una traidora. Pero mira por donde, resulta que no encontraron ninguna prueba en su contra y tuvieron que archivar el asunto.

Sin embargo los fachas no se dieron por vencidos y comenzaron a protestar bramando desde los medios de comunicación, sobre todo a raíz de que Iva anunció su intención de regresar a vivir a EEUU. De manera que en 1948 Iva Toguri volvió a ser arrestada, y trasladada a San Francisco, donde la juzgaron en 1949. Según avanzaba el juicio, fue ganándose claramente a la opinión publica. Ella argumentaba que durante su trabajo en Radio Tokio había efectuado un sutil sabotaje a los planes japoneses. Charles Cousens y sus compañeros prisioneros de guerra también declararon a su favor. Sin embargo las autoridades estaban decididos a condenarla como fuera.

La sentencia final fue que era inocente en siete de los cargos y culpable en uno, por "hablar delante de un micrófono sobre acciones relacionadas con el hundimiento de barcos estadounidenses". La condenaron a diez años de carcel de los que cumpló seis, en la Prisión Federal de Alderson, en West Virginia. Fue liberada el 28 de enero de 1956 y deportada a Japón, donde se reunió con su esposo.

La injusticia no se reparó hasta que a mediados de los años setenta unos periodistas del Chicago Tribune que investigaron el asunto, descubrieron que los acusadores habías sido coaccionados para hacer acusaciones sin fundamento. En 1977, el Presidente Gerald Ford perdonó de manera incondicional a Iva Toguri y le pidió excusas en nombre de la nación, manifestando que estaba convencido de que fue falsamente acusada y condenada.

jueves 12 de junio de 2008

El héroe vasco del 'Día D'

El donostiarra Alfredo Ruiz, que participó en el desembarco de Normandía del 6 de junio de 1944 con la Armada británica, fue incinerado ayer en Inglaterra con honores militares

«1923. Fui el penúltimo hijo de Pedro y Felisa Ruiz López. Nací en la bella ciudad de San Sebastián, en el norte de España. No podía yo imaginar las aventuras que me esperaban y cómo las circunstancias me llevarían a vivir en otro país». Así comienzan las memorias que Alfredo Ruiz escribió antes de morir. Son nueve páginas escritas en inglés, mecanografiadas con mimo y firmadas con una rúbrica simple. Comienzan recordando que él y sus amigos en el barrio de Gros se mofaban de un policía con piernas arqueadas -«!No nos puedes coger, ja, ja, ja!»-- y terminan con el autor declarando su esperanza cristiana y un sentimiento de privilegio por amar a dos países.

En medio, la modesta autobiografía de un héroe. Su familia era republicana -tres hermanos se habían alistado tras el estallido de la Guerra Civil- y, tras la caída de San Sebastián, se refugió en Bilbao. Tras el bombardeo de Gernika, el Gobierno vasco organizó la evacuación de niños de familias que corrían peligro.

Alfredo y dos hermanos llegaron a Inglaterra. Él fue a Brampton y luego a Coventry, donde se empleó como mecánico. En 1943, a los 20 años, en plena Segunda Guerra Mundial, se alistó voluntario en el Ejercito británico. Fue enrolado en la Armada, hizo un curso de radares y se adiestró en el manejo de pequeños botes en Escocia.

Rumbo a Juno

Escoltó buques de aprovisionamiento en el Canal de la Mancha, dejó caer cargas de profundidad contra los submarinos alemanes que esperaban el paso de objetivos aliados en la costa sur de Irlanda y, el 6 de junio de 1944, participó en una de la mayores operaciones militares de la historia, el desembarco de 130.000 hombres y 20.000 vehículos en las playas de Normandía.

En los días anteriores a la operación que marcó el comienzo del fin de la barbarie desencadenada por Adolf Hitler, Ruiz navegó con su unidad hacia la costa francesa sumergiendo boyas con sonares y balizando el camino para el avance posterior de los dragaminas que debían limpiar la zona antes del desembarco.

«El 6 de junio, al amanecer, fuimos en la primera oleada, escoltando a los canadienses hasta la playa de Juno. Su comandante viajó con nosotros. Yo fui responsable de darle las distancias exactas desde nuestro bote hasta la playa», escribió en su memoria. Tras seis meses en la costa francesa, su unidad retornó a su base.

Cuando terminó la guerra, se reunió con toda su familia en París. Vivió en Coventry, trabajando como mecánico en la cadena de montaje. Tras una vida de aventuras imprevistas y laboriosidad, tras dos largos matrimonios, cinco hijos, tres hijastros, catorce nietos y dos biznietos, Alfredo Ruiz murió la pasada semana, a los 84 años.

Retreta de honor

Y fue incinerado ayer, en el tanatorio de Nuneaton, rodeado de su numerosa familia, de sus ex compañeros de trabajo y de otros miembros de la rama local de Real Sociedad Naval, que agrupa a veteranos de la Armada británica. Había coronas de flores enviadas por el Ayuntamiento de San Sebastián y por el Gobierno vasco. La Embajada española en Londres envió también a un suboficial uniformado de la agregaduría de Defensa.

Los veteranos hicieron una guardia de honor a la entrada del coche fúnebre en el tanatorio Corazón de Inglaterra y lo acompañaron con su enseña. El oficiante dirigió los himnos religiosos y, más tarde, en el momento de la incineración, la megafonía hizo sonar 'The Last Post', que comenzó como un toque de retreta en el Ejército británico, en el siglo XVII, y es ahora un toque de honor en las ceremonias fúnebres.

Unidades británicas donde había niños vascos evacuados en 1937 y otros cuerpos de combate con españoles desembarcaron en Normandía. Pero Alfredo Ruiz era quizás el último español superviviente que participó en el 'Día D'. ¿Cómo era? «Dedos ágiles», decía ayer a la salida del acto Don Jacques, miembro de la asociación. ¿Dedos ágiles? «Sí, era un gran bailarín de salón».

En memoria del aniversario de Ana Frank


El 12 de junio, hace 79 años, nació Ana Frank en Fráncfort del Meno, Alemania. A través de su diario personal dio voz y rostro a las millones de víctimas judías ante la persecusión nazi. Ubicada al oeste de Ámsterdam la casa museo "Anne Frankhuis", edificio en el que permanecieron ocultos por dos años Ana y su familia ante la invasión nazi, revela el terror de esa época y en cada esquina se respira el talento de Frank por sobrevivir a través de sus letras.

Ana quería ser periodista y escritora. Así lo escribió en su diario de color rojo que pidió a su padre Otto Frank, como regalo antes de esconderse con su familia en el edificio donde él trabajaba para salvar sus vidas ante el genocidio nazi contra las y los judíos que invadió Holanda en mayo de 1940.

El sueño de Ana se cumplió, aunque nunca lo supiera. Titulado por ella misma como "El anexo secreto", su diario es un fiel testimonio que durante dos años narra los acontecimientos del holocausto nazi, que en 1940 se apoderaron además de Holanda, de casi toda Francia, Bélgica, Noruega y Dinamarca.
El antiguo refugio donde Ana Frank escribió el día a día de su encierro y el de su familia es ahora una casa-museo.

Para acceder, se tiene que iniciar el recorrido por la entrada oculta que antes fue una librería giratoria, la misma que tuvieron que cruzar Otto Frank, su esposa; Edith Holländer y la hermana mayor de Ana; Margot Betti.

La familia Van Pels (uso el seudónimo de Van Daan), Hermann, Auguste, y Peter de 16 años se les unieron en el escondite. Más tarde en noviembre llegó Fritz Pfeffer (usaba el nombre falso de Dussel), dentista y amigo de la familia.
Los espacios son pequeños, oscuros y laberínticos. La habitación de Ana conserva todavía los recortes originales de revistas con imágenes de animales, parques, y la vida en libertad a la cual Ana y su familia tuvieron que renunciar. Ella pegó en las paredes estas imágenes para colorear un poco la vida gris y secreta de ella y su familia.
La casa museo se compone de 3 pisos en los cuales además de vídeos interactivos, hay grabaciones, entrevistas, documentales originales, y tres cortometrajes sitúan la narración en su contexto histórico y la historia se reconstruye mediante citas del diario de Frank.

El edificio ubicado en Prinsengracht 265, estaba al lado de las antiguas oficinas de Otto Frank, y aunque ha sido renovado, cada esquina del sitio permite adentrarse a esa época, sentir el encierro y oscuridad de vivir de forma clandestina y con miedo.
El primer diario original de Ana se expone aquí de forma permanente, y es posible conocer de primera mano las líneas que escribió Frank hace más de 70 años en esta ciudad de canales y flores.

Durante el recorrido se indica la función que desempeñaba cada lugar del escondite. Una cocina, las habitaciones, y un salón pequeño, son algunos de los espacios que se conservan en estado original y en los cuales la familia desarrollo su vida hasta que fueron entregados a los nazis por traición. En algunas paredes todavía es posible ver unas líneas con lápiz que marcaban el crecimiento de las niñas que crecieron en el encierro.

Los nazis ocuparon Ámsterdam por 5 años, de las y los 140.000 judíos de la ciudad, sobrevivieron sólo 16.000. Entre ellos el padre de Ana, quien en 1947 publicó el diario de su hija. Hoy la casa museo "Anne Frankhuis" recibe a millones de visitantes de todas partes del mundo, y el diario de Ana ha sido traducido a más de 60 idiomas.

El museo fue inaugurado por el propio padre de Ana en 1960, en 2007, la casa de Ana recibió 1.002.902 visitantes. Los ingresos permiten a la “Fundación Ana Frank” realizar proyectos educativos y de investigación.

Tras ser descubiertos en el escondite por los nazis, Ana fue enviada a los campos de concentración de Auschwitz en 1944, para luego ser trasladada al campo de concentración de Bergen-Belsen. Murió allí de fiebre tifoidea a finales de febrero o principios de marzo de 1945.

El informador del escondite hasta la fecha nunca ha sido identificado. La madre y hermana de Frank pasaron un mes en Auschwitz-Birkenau y luego fueron enviadas a Bergen-Belsen, donde murieron en 1945. El único sobreviviente fue el padre de Ana, quien fundó el museo y publicó el diario de Ana.

El recorrido de la casa de Frank termina en el tercer piso, en el cual es posible conocer el diario de Ana en una Ámsterdam diferente, donde es posible la eutanasia, está permitida y legalizada la prostitución, además de poder fumar marihuana de forma libre en lugares públicos.

“Me consta que sé escribir. Algunos cuentos son buenos; mis descripciones de la Casa de atrás, humorísticas; muchas partes del diario son expresivas, pero... aún está por ver si de verdad tengo talento”, escribió Ana en 1944, año de su muerte.

jueves 5 de junio de 2008

Palencia, el ángel de Sofía

Leído hoy en La Vanguardia:

El embajador español en Bulgaria, Julio Palencia, se enfrentó directamente a los nazis y al gobierno franquista y consiguió salvar la vida de seiscientos judíos Palencia expresó a sus jefes que era un deber humano y de caridad cristiana salvar a los judíos

Mientras la política oficial española sobre el holocausto se mostró colaboracionista, un puñado de diplomáticos españoles no judíos arriesgaron su vida y la de sus familias para salvar a cuantos pudieron de los campos de exterminio.

Uno de estos héroes fue Julio Palencia, ministro plenipotenciario (embajador) en la legación de España en Sofía (Bulgaria), que se implicó en la defensa de los 300 sefardíes a los que Adolf Eichmann quiso aplicar la solución final,lo mismo que a los restantes 50.000 judíos búlgaros.

Palencia llegó a adoptar a los hijos de un sefardí ajusticiado para que pudieran huir de las garras nazis. Al final salvó a más de 600 personas, se enfrentó a su jefe, el ministro de Exteriores español, y tuvo que huir de Bulgaria.

El episodio que relatamos aconteció entre marzo y septiembre de 1943 y podemos reconstruirlo gracias a los servicios secretos británicos (SIS), que interceptaron las comunicaciones telegráficas entre el diplomático español y el ministro de Exteriores español, Francisco Gómez Jordana.

El martes 16 de marzo de 1943, Julio Palencia se enteró de la inminencia de las deportaciones de los sefardíes por Bogdan Filov, el primer ministro búlgaro, que le anunció que la medida procedía de los alemanes. Al día siguiente, Palencia telegrafió a Madrid anunciando la amenaza nazi:

"Máximo secreto. Asunto: Judíos españoles en Bulgaria. N.º: 115514. De: Ministro español, Sofía. Para: Ministro de Asuntos Exteriores, Madrid. 17 de marzo de 1943. A la vista de la deportación inminente a Polonia de todos los judíos que viven en Bulgaria, ayer tuve una entrevista con el presidente del Consejo de Ministros, que me dijo que la deportación comenzaría a finales de abril y me hizo entender que era una medida impuesta por Alemania. Informo a su excelencia para el caso de que considere oportuno indicar al Gobierno alemán y al ministro búlgaro en Madrid que España no puede permitir que sus súbditos sean deportados a Polonia por razones de una ley racial no existente en (ilegible), añadiendo que los búlgaros viven en paz en España y, por tanto, los españoles tienen el derecho de hacer lo mismo en Bulgaria. Envío un despacho sobre este tema en la siguiente saca".

El Gobierno español hizo oídos sordos y Palencia insistió: "Máximo secreto. 15 de mayo de 1943. A la vista de la seriedad y urgencia de la posición referente a la aplicación de la ley antijudía de la que he informado a su excelencia en diversas ocasiones, considero que sería de gran ayuda si me concediera autoridad urgente para repatriar a todos los ciudadanos judíos de nacionalidad española que viven en Bulgaria y en territorios recientemente anexados, al propio coste de las personas afectadas. Serían unas 300".

Palencia siguió sin respuesta. Tanto es así que acudió a la máxima autoridad alemana, anunciando por su cuenta y riesgo que España estaba de acuerdo en la repatriación de "todos los judíos españoles que hay en Bulgaria", según consta en un telegrama cifrado que Adolf Heinz Beckerle, el representante alemán en Bulgaria, envió a Berlín el 28 de mayo. Beckerle escribió: "Palencia se declara disgustado por la expulsión de los judíos de Sofía y pidió intervenir a favor de sus amigos judíos búlgaros, lo cual he rechazado, por supuesto".

El nazi también explicó a Berlín que la policía búlgara había detenido al canciller de la embajada española y que la policía vigilaba la legación y sus visitantes. Según Beckerle, Palencia le había dicho a la cara que en estas circunstancias no podía seguir en Sofía y que había informado de ello al gobierno de Madrid, lo cual era cierto.

Pero el hecho que desencadenó el enfrentamiento total de Julio Palencia con los alemanes y también con el ministro Gómez Jordana fue su intervención para salvar a la familia del sefardí León Arié, ejecutado en Bulgaria. Tras su muerte, Palencia adoptó a sus hijos y suministró un salvoconducto a la viuda Arié, lo que supuso un ataque de nervios para Madrid y otro para Berlín.

La prueba: la airada reprimenda del ministro Gómez Jordana a Palencia de 30 de junio de 1943: "Máximo secreto. El ministro búlgaro me acaba de hacer una comunicación oficial en nombre de su Gobierno en referencia a la adopción por su excelencia de los hijos del sefardí Rafael Arié, condenado a muerte por el tribunal búlgaro y ejecutado el pasado abril, mencionando especialmente su solicitud de un pasaporte diplomático para estos huérfanos. El Gobierno búlgaro considera que su conducta ha sido ´expresiva e incorrecta´ a la vista de la especial situación referente al orden público en Bulgaria y a la participación judía en los recientes incidentes políticos. Por favor, informe sobre este asunto, al que las autoridades búlgaras conceden tanta importancia como para llevarles a preguntarse si su presencia en su puesto puede seguir siendo deseable".

La respuesta de Julio Palencia a Gómez Jordana no se hizo esperar: "Referente a su N.º24 (es la anterior). Tras seguir los consejos de dos renombrados abogados en Sofía, uno de ellos un ex ministro de Justicia, he adoptado a dos niños de 17 y 19 años, hijos del sefardí Arié, condenado a muerte y cuya sentencia ha sido considerada en general injusta y debida enteramente a su origen judío. Por tanto, es inadmisible decir que la adopción por mi parte de dos menores que pertenecen a una raza que el Gobierno búlgaro desea hacer desaparecer del país es una acción incorrecta que requiera una queja. Yo no he pedido un pasaporte diplomático para (ilegible) sino sólo una tarjeta de identidad (...)". Pero la verdad es que sí los había adoptado y se lo dijo al ministro.

Mientras se producía este cruce de mensajes, los alemanes daban instrucciones para interceptar a la familia Arié. Julio Palencia se dio cuenta de que su vida corría peligro y optó por enviar un nuevo telegrama a Madrid, argumentando que era un deber humanitario y de buen cristiano salvar la vida de inocentes, al tiempo que pedía que le sacaran rápidamente de Bulgaria.

Gómez Jordana contestó el 26 de julio con unos argumentos que juzgará el lector: "Secreto. Descifrar personalmente (...) Dejando a un lado el aspecto humanitario y de caridad cristiana al que hace referencia, considero que debería haber prevalecido su posición como representante acreditado en Bulgaria y debería haberse abstenido de cualquier acción que el Gobierno búlgaro hubiera podido temer como de oposición. A la vista de la necesidad patente de su traslado, siento informarle de que el puesto que menciona está cubierto y que sólo puede ser nombrado para (ilegible) Salvador o Genoa (sic), siendo estas posibilidades condicionales y con las reservas debidas por la revisión de las combinaciones que se están llevando a cabo". La actitud de Palencia hizo que los nazis lo calificaran de "fanático antialemán" y de "amigo de los judíos", por lo que fue declarado persona non grata en Bulgaria. Pese a que fue perseguido, logró llegar a Madrid con los Arié. El ministro le amonestó.

lunes 12 de mayo de 2008

Irena Sendler, la heroína que salvó a 2.500 niños


En plena II Guerra Mundial, durante la ocupación de Polonia, una mujer le plantó cara a los nazis y logró salvar a 2.500 niños judíos. Ni la Gestapo ni sus torturas consiguieron que Irena Sendler desvelara dónde estaban los pequeños.

La historia de Irena Sendler está repleta de heroísmo con proporciones casi míticas. Sin embargo, ha estado extraviada entre los pliegues del tiempo durante más de medio siglo. Desconocida y oculta de manera inexplicable para la mayoría de la gente, como un tesoro antiguo esperando a ser descubierto. Pero las luces de Hollywood se proponen ahora que todo el mundo conozca la vida de esta trabajadora social polaca, que durante la ocupación alemana de su país salvó la vida de 2.500 niños judíos, sacándolos a escondidas del gueto de Varsovia frente a las mismísimas narices de las tropas nazis.

Si tomamos como referencia La lista de Schindler, donde Steven Spielberg contó la vida de Oscar Schindler, el industrial alemán que evitó la muerte de 1.000 judíos en los campos de concentración, el éxito de la producción cinematográfica parece asegurado. El filme de Spielberg, aclamado por la crítica, consiguió siete Oscar en 1993.

Mientras la figura de Oscar Schindler era aclamada por medio mundo, Irena Sendler seguía siendo una heroína desconocida fuera de Polonia y apenas reconocida en su país por algunos historiadores, ya que los años de oscurantismo comunista habían borrado su hazaña de los libros de historia oficiales. «Además, ella nunca contó a nadie nada de su vida durante la II Guerra Mundial, era muy discreta y se limitaba a hacer su trabajo y a ayudar a la gente», explica Anna Mieszkwoska, autora de la biografía de Irena, La madre de los niños del Holocausto.

Sin embargo, en 1999, su historia empezó a conocerse. Y fue, curiosamente, gracias a un grupo de alumnos de un instituto americano de Pittsburg (Kansas) y a su trabajo de final de curso sobre los héroes del Holocausto. En su investigación dieron con algunas referencias sobre Irena Sendler en revistas especializadas y con un dato asombroso: había salvado la vida de 2.500 niños. «¿Cómo es posible que apenas haya información sobre una persona así?», se preguntaron entonces los estudiantes, cuya curiosidad crecía según encontraban más datos y testimonios.

Pero la gran sorpresa llegó cuando, tras buscar el emplazamiento de la tumba de Irena, descubrieron que no existía porque ella aún vivía y, de hecho, todavía vive. Hoy es una anciana de 97 años que reside en un asilo del centro de Varsovia, en una habitación luminosa donde nunca faltan los ramos de flores y las tarjetas de agradecimiento, que llegan diariamente desde todo el mundo.

Secuelas de las torturas. «Tenga cuidado, el que visita a mi madre acaba llorando», me advierte con una sonrisa Janina, la hija de Irena, antes de que entre a saludar a su madre. Dejo mi ramo de flores junto a su mesita de noche y paso los primeros cinco minutos de mi vida junto a una heroína de carne y hueso. «Yo no hice nada especial, sólo hice lo que debía, nada más», dice irritada con un hilillo de voz que se escapa a través de la ventana. Irena apenas existe físicamente, lleva años encadenada a su silla de ruedas, en parte debido a las lesiones que arrastra tras las torturas a las que fue sometida por la Gestapo durante la guerra, cuando descubrieron que sacaba escondidos a niños judíos del gueto. «Le rompieron los pies y las piernas, pero no lograron que les revelase el paradero de los niños que había escondido ni la identidad de sus colaboradores», explica la biógrafa.

Irena Sendler fue siempre una mujer de gran coraje, muy influida por su padre, un médico rural que murió cuando ella tenía sólo 7 años. De él siempre recordaría dos reglas que siguió a rajatabla a lo largo de toda su vida. La primera: que a la gente se la divide entre buenos y malos sólo por sus actos, no por sus posesiones materiales; y la segunda: a ayudar siempre a quien lo necesitase.

Así la pequeña Irena se hizo mayor y comenzó a trabajar en los servicios sociales del ayuntamiento de Varsovia, al tiempo que se unía al Partido Socialista Polaco. Corrían los años 30 y destacaba en los proyectos de ayuda a pobres, huérfanos y ancianos. «Ella era de izquierdas, sí, pero de una izquierda que ya no existe, preocupada por las personas y por su bienestar», apunta su biógrafa, quien asegura que a pesar de ello siempre se situó bastante lejos de la política activa.

En 1939 Alemania invadió Polonia y el trabajo de Irena se hizo más necesario en los comedores sociales, donde también se entregaban ropas y dinero a las familias judías, inscribiéndolas con nombres católicos falsos para evitar las suspicacias de los soldados alemanes.

Pero todo cambió en 1942, cuando las deportaciones se hicieron más frecuentes y los nazis encerraron a todos los judíos de Varsovia, unos 400.000, en un área acotada de la ciudad y rodeada por un muro. El gueto fue la tumba para miles y miles de personas, que morían diariamente por inanición o enfermedades. Irena estaba horrorizada y, como muchos polacos, decidió que había que actuar para evitar la barbarie que asolaba las calles de la capital. Consiguió un pase del departamento de Control Epidemiológico de Varsovia para poder acceder al gueto de forma legal», explica Anna. Allí entraba diariamente a llevar comida y medicinas, «siempre portando un brazalete con una estrella de David como símbolo de solidaridad y para no llamar la atención de los nazis».

Una vez dentro, la joven trabajadora social entendió que el objetivo del gueto era la muerte de todos los judíos y que era urgente sacar al menos a los niños más pequeños para que tuviesen la oportunidad de sobrevivir. Fue así como comenzó a evacuarlos de todas las formas imaginables. Dentro de ataúdes, en cajas de herramientas, entre restos de basura, como enfermos de males muy contagiosos…, cualquier sistema era válido si conseguía sacar a los pequeños del infierno. Otra manera era a través de una iglesia con dos accesos, uno al gueto y otro secreto al exterior. Los niños entraban como judíos y salían al otro lado bendecidos como nuevos católicos.

La actividad de Irena era frenética, igual que el riesgo diario a ser descubierta por los soldados alemanes. «No hice todo lo que pude, podría haber hecho más, mucho más y haber salvado así a más niños», sigue lamentándose hoy día.

Separar a los hijos. Irena aún recuerda con amargura los momentos en que tenía que separar a los padres de los hijos. Sabían que nunca más se volverían a ver y la arrinconaban entonces con preguntas y deseos de condenado. «Por favor, asegúrame que vivirá, que tendrá un buen hogar», insistían las madres, presas de la desesperación entre los llantos de sus hijos. «Ella también era madre y sentía ese dolor tan profundo como si fuese suyo, de hecho todavía lo siente y sufre con esos recuerdos», afirma Anna Mieszkwoska.

Pero, ¿qué impulsaba a una joven madre como Irena a arriesgarse de esa manera? ¿Por qué lo hacía? «Se lo he preguntado cientos de veces. Ella simplemente lo hacía porque tiene un corazón inmenso, no hay nada más», explica su biógrafa, quien asegura que ni siquiera existían motivaciones políticas o religiosas.

Una vez fuera del horror, era necesario elaborar documentos falsos para los niños, darles nombres católicos y trasladarlos a un lugar seguro, normalmente monasterios y conventos, donde los religiosos siempre tenían las puertas abiertas para los niños del Gueto.

Irena apuntaba entonces en pedazos de papel las verdaderas identidades de los pequeños y sus nuevas ubicaciones, y luego enterraba las notas dentro de botes y frascos de conserva bajo un gran manzano en el jardín de su vecino, frente a los barracones de los soldados alemanes. Allí aguardó, sin que nadie lo sospechase, el pasado de los 2.500 niños de Gueto hasta que los nazis se marcharon.

Ni siquiera las torturas de la Gestapo lograron que revelase jamás el lugar en el que estaban ocultos ni las personas que colaboraban con ella. Tampoco los meses que pasó en la terrorífica prisión de Pawlak, bajo el atento cuidado de los carceleros alemanes, quebraron su silencio. No dijo ni una palabra cuando la condenaron a muerte, una sentencia que nunca se cumplió porque, camino del lugar de ejecución, el soldado la dejó escapar. La resistencia le había sobornado. No podían permitir que Irena muriese con el secreto de la ubicación de los niños. Así fue como pasó a la clandestinidad y, aunque oficialmente figuraba como ejecutada, en realidad permaneció escondida hasta el final de la guerra participando activamente en la resistencia.

Con el final del conflicto se desenterraron los 2.500 botes escondidos bajo el manzano, y los 2.500 niños rescatados del gueto recuperaron sus identidades olvidadas. La gran mayoría había perdido a sus padres, así que muchos fueron enviados con otros familiares o se quedaron con familias polacas, pero todos conservaron a lo largo de su vida un agradecimiento infinito a Irena Sendler. Tras los nazis llegó el comunismo y la aventura de Irena quedó olvidada entre las nuevas doctrinas. Ella, que ya tenía dos hijos, volvió a ser trabajadora social y a su vida tranquila, sólo truncada por las pintadas, en la puerta de su apartamento, en las que le acusaban con necedad de ser «amiga de los judíos» o la llamaban la «madre de judíos». Ella callaba y nunca contaba nada de su pasado «por una mezcla de modestia y de temor a que le pudiera acarrear algún problema, comenta su hija, Janina, quien asegura que aún hoy mantiene secretos y vive como si estuviese en medio de una oscura conspiración.

Cuando en 1999 los estudiantes de Kansas se toparon con su historia, se quedaron estupefactos. Estaban frente a una auténtica heroína prácticamente desconocida, así que decidieron escribir una obra de teatro sobre ella. Se escenificó en iglesias y salones sociales de la comarca, asombrando y emocionando a todos los que tuvieron la oportunidad de verla. Uno de estos asistentes fue un profesor judío quien, impresionado, ayudó a los escolares a cumplir su deseo: ir a verla a Varsovia y agradecerle lo que había hecho por la Humanidad. Les dio un cheque de 7.000 dólares y les hizo una petición: «Contadme todo con pelos y señales a vuestra vuelta».

A partir de ese momento los reconocimientos y las visitas fueron aumentando considerablemente. La llegada de periodistas extranjeros, los cumplidos oficiales, agradecimientos de todo el mundo, las visitas desde Hollywood y, finalmente, la nominación para el premio Nobel, propuesta hace unos meses por el presidente polaco Lech Kaczynski con el apoyo de la Organización de Supervivientes del Holocausto.

Mientras, todos se preguntan cómo es posible que esta historia haya permanecido tantos años en el olvido y oculta, pese a las veces que se ha tratado el tema del Holocausto y de las personas que lo protagonizaron. Incluso sus amigas le recriminaban que nunca les contara nada sobre su heroísmo y sus azañas de juventud. Sin embargo, ella sigue sonriendo en su silla de ruedas y enfadándose cuando alguien se atreve a decir que es una heroína. Porque Irena Sendler no es una heroína, sólo se limitó a cumplir con su deber.

«La madre de los niños del Holocausto» (Editorial Muza), de Anna Mieszkwoska. (No está traducido al español)

Irena Sendler ha fallecido hoy, 12 de Mayo, a los 98 años de edad.

miércoles 7 de mayo de 2008

Hans Ulrich-Rudel, piloto de Stukas

Alentado por un comentario que dejó witos en el post que dedicamos hace una semana al Junkers Ju-87 Stuka he decidido postear una pequeña biografía de Hans Ulrich-Rudel, el piloto más condecorado de la Luftwaffe en la Segunda Guerra Mundial.



Nacido el 9 de Julio de 1916, Hans Ulrich Rudel fué el piloto mas condecorado de la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial. El único combatiente en activo que obtuvo una condecoración superior a la Cruz de Caballero con Hojas de Roble, Espadas y Diamantes, al recibir esta condecoración en oro.

Podría sorprender que en su hoja de servicio sólo aparezcan 9 aviones derribados. La razón es sencilla, Rudel no era un piloto de caza, era un piloto de ataque a objetivos en tierra, que tripuló la mayor parte de la guerra un bombardero en picada JU-87 Stuka, y en la última etapa un FW 190 D, aparato con que se sustituyó al clásico pero ya obsoleto Stuka.

Rudel derribó efectivamente 9 aviones enemigos, pero eso fué sólo un subproducto de su cosecha principal, que incluyó al menos 2 barcos de guerra soviéticos (el crucero Marat y el destructor Revolución de Octubre), más de 500 tanques (519?) y alrededor de 800 vehículos de todo tipo, independientemente de objetivos diversos en tierra, como embarcaciones de desembarco de tropas y concentraciones de tropas enemigas, en una verdadera furia de combate que se extendió los seis años de la guerra, en los que acumuló más de 2500 misiones, el mayor número de misiones que hombre alguno haya desempeñado en la historia de la guerra aérea


Era un personaje bien conocido entre los soviéticos, hasta tal punto que las marcas personales en su avión (las "lineas largas" o la serpiente"), adoptadas de los escuadrones de caza, poco usuales para un Stuka, fueron impresas en panfletos para ayudar a su reconocimiento, y a su captura o eliminación. Existía incluso un premio establecido por Stalin mismo, de 100,000 rublos, para quien lograra este objetivo. Tal fué el impacto que causó en Stalin la destrucción del Crucero Marat por un sólo aparato alemán.

Conocedor de ello, Rudel hizo destacar las marcas de su avión en su nuevo FW190-D9, de manera que fueran muy visibles a sus enemigos.

La propaganda soviética difundió en varias ocasiones noticias sobre su derribo e incluso sobre su muerte. Algunos de los derribos difundidos por los soviéticos eran genuinos: Fué derribado 32 veces, varias sobre territorio enemigo, y siempre logró regresar, de todas las maneras imaginables, a las lineas alemanas.

Uno de los episodios más conocidos de sus escapes sucedió en marzo de 1944, cuando Rudel aterrizó tras las lineas enemigas para tratar de rescatar a otro piloto derribado (no era la primera vez que hacía esto). El Stuka de Rudel diseñado para 2 tripulantes (Rudel y su artillero Erwin Henstchel, con quien compartió casi 1500 misiones de combate), sobrecargado con el piloto rescatado se atascó en el fango y no pudo despegar de nuevo. Los tres alemanes tuvieron que huir a pie de las tropas soviéticas que disparaban sobre ellos, y venían en su persecusión, sobre todo al comprobar que el aparato atascado en el fango tenía precisamente esas marcas de identificación tan difundidas entre los combatientes rusos y tan valiosas para ellos.


En la huída, y avanzando escondidos, llegaron al Rio Dnjestr, a punto de congelación. Sin opciones decidieron cruzarlo a nado, despojándose de zapatos, equipo y parte de la ropa, tratando de cruzar lo más rápidamente las aguas casi congeladas. Henstchel, sin embargo, por el frío no alcanzó la orilla contraria y murió ahogado. Rudel se culparía personalmente de ello el resto de su vida. Rudel y el piloto que había sido rescatado del avión derribado fueron descubiertos al cruzar. El otro piloto murió por el fuego enemigo, y Rudel fue alcanzado en el hombro por dos disparos de sus perseguidores. Herido y con un brazo prácticamente inutil, logro evadir a las tropas soviéticas y cubrir en un solo día los 32 kilómetros que lo separaban de las lineas alemanas.

Esas heridas en el hombro no fueron las únicas que Rudel recibió durante la guerra; fue herido varias ocasiones, incluso por ello perdió el pie derecho, destrozado por la artillería antiaérea soviética a principios de 1945... pero regresó a su comando combate en el frente (era ya Kommodore de su escuadrón) en seis semanas e incluso volvió a combate, ahora en un FW190-D9, utilizando una prótesis.

Por todo ello Hitler le creó la condecoración en Oro para su Cruz de Caballero, con Hojas, Espadas y Diamantes, la única concedida a un combatiente alemán durante la guerra.

En cuanto a las noticias sobre su muerte difundidas por los soviéticos, llegaron incluso a identificar a quien habría logrado tal hazaña, en la persona de Lev Shestakov, a su vez galardonado con el título de Héroe de la Unión Soviética, y quien, de acuerdo con la versión de la propaganda rusa habría logrado destruir el avión de Rudel antes de que su propio aparato fuera abatido por los alemanes.


Hans Ulrich Rudel, sin embargo, sobrevivió a la guerra, al término de la cuál fué capturado por los ingleses y liberado meses después. Posteriormente pasó un tiempo en Argentina como asesor de la fuerza aérea. Ahí el General Juan Domingo Perón, Presidente de la Nación, se volvió un cercano amigo personal.

Durante su estancia en Argentina y a pesar de su pierna amputada, Rudel se aficionó al alpinismo, e incluso llegó a la cima del Aconcagua. Fué también instructor de ski. Rudel era un Nazi convencido, por lo que participó en los intentos de reorganizar bajo diversas denominaciones a ese partido en Alemania, sin éxito ante la prohibición expresa de este tipo de organizaciones al término de la guerra.

Murió a los 66 años de edad en 1982.

Os dejo un pequeño video donde podéis ver a Rudel al final de la Guerra:



Como curiosidad reseñar que es de Hans Ulrich-Rudel la famosa frase:
"Verloren ist nur, wer sich selbst aufgibt", que en español quiere decir algo así como: "Si luchamos, podemos perder; si no lo hacemos, estamos perdidos”

lunes 5 de mayo de 2008

Garbo, el espía español que cambió el rumbo de la guerra


El Español Juan Pujol, alias GARBO, tuvo un papel decisivo en el cambio de rumbo de la guerra a través de unos mensajes secretos que desorientaron a la inteligencia Alemana.


"Por los informes mencionados, está perfectamente claro que el actual ataque es una operación a gran escala pero con carácter de divergencia, con objeto de crear una fuerte cabeza de puente para distraer el máximo de nuestras reservas en el área de acción y retenerlas allí con el fin de dar el golpe en otro lugar con éxito asegurado. No me gusta opinar nunca si no tengo razones de peso que justifiquen mis aseveraciones. Así pues, el hecho de que estas concentraciones que se hallan al sureste y este de la isla están actualmente inactivas [obedece a que] deben tenerlas reservadas para realizar con ellas otras operaciones de envergadura. Los constantes bombardeos que sufre el paso de Calais y la situación estratégica de estas fuerzas hace que sospeche de ataque a aquella región francesa, ruta a la par más corta para su objetivo final, o sea, Berlín..."

Este es el comienzo del telegrama enviado por Garbo a su enlace de la Abwehr en Madrid, el 9 de junio de 1944. Según muchos especialistas, se trata del mensaje más importante enviado por un espía durante la II Guerra Mundial, pues al recibirlo Hitler se reafirmó en su criterio de que el desembarco del Día D era sólo un amago de los aliados para que volcara sus reservas en Normandía, despejando el terreno para la invasión principal, que él suponía en Calais, apuntando directamente hacia Berlín.

Garbo no podía conocer el pensamiento de Hitler, pero intuyó que el Führer se debatía en la terrible duda de lanzar sus reservas sobre los desembarcados o reservarlas por si se trataba sólo de un ataque diversivo.


Ese telegrama cargó de razón a Hitler, en contra de la opinión de Rommel, que hubo de arreglárselas con los efectivos asignados para la defensa de la costa, más el refuerzo de dos divisiones blindadas... Llegaron demasiado tarde para intervenir en la batalla de las playas.

Garbo era el sobrenombre otorgado a Juan Pujol po el MI5 británico, reconociendo con ese seudónimo las dotes de simulación y actuación de su agente. En Berlín le daban el nombre clave de Arabel, y en agradecimiento por la sensacional información sobre Overlord le concedieron la Cruz de Hierro.Esa era la culminación triunfal de la carrera de un agente doble, español de apariencia apacible y ninguna formación previa como espía. Se llamaba Juan Pujol y había nacido en Barcelona en 1912.

De familia acomodada, se formó caprichosamente, estudiando algunos cursos de Filosofía y Letras y, luego, algo tan diferente como Apicultura. En ninguno de esos campos se abrió camino, pues fue movilizado por el Ejército republicano al estallar la Guerra Civil, hasta que cambió de bando en la Batalla del Ebro.

"Luché en los dos bandos y no maté a nadie con ninguno de ellos", diría tiempo después Juan Pujol. Pacifista y, sobre todo, enemigo del totalitarismo nazi-fascista, cuando comenzó la II Guerra Mundial Pujol concibió luchar por la causa de las democracias en un campo para el que se veía capaz: el espionaje.

Ofreció sus servicios a los británicos, que le rechazaron. Por eso se dirigió a los alemanes, ofreciéndoles sus servicios en Gran Bretaña, donde aseguraba disponer de buenas relaciones.Tan hábil era Pujol y tan necesitados estaban los alemanes de informaciones del Reino Unido que le creyeron y le proporcionaron alguna formación y dinero.

Pujol, convertido en Arabel, se trasladó a Lisboa, desde donde estuvo informando como si lo hiciera desde Londres a sus contactos alemanes en Madrid. Con esa experiencia y las correspondientes acreditaciones, se ofreció a los norteamericanos y éstos, finalmente, implicaron a los británicos. Reclutado por el MI5 y con la supervisión, consejos y colaboración del agente hispanobritánico, Tomás Harris, Pujol, ya convertido en Garbo, se trasladó a Londres en marzo de 1942.


Allí, el agente doble organizó una red de espías ficticia que le proporcionaba un río de información, transmitida diariamente a Madrid. Fue fantástica su habilidad para granjearse la confianza alemana con informaciones que desorientaban al espionaje nazi. En esto, estuvo aliado con la suerte: mientras las tropas aliadas se dirigían a las playas normandas, Garbo proporcionó a sus contactos en Madrid una información precisa, aunque tardía, para que pudieran impedir el desembarco. La información llegó a Berlín con horas de retraso, porque el contacto en Madrid no se hallaba en su puesto al recibir la información de Londres.

Eso aumentó el crédito de Garbo, que introdujo su famosa intoxicación del día 9 de junio y la de los días posteriores, en que mantuvo en vilo a Berlín con la hipótesis de los preparativos británicos para un doble desembarco en Calais y en Noruega.

La confianza alemana y su reciente condecoración sirvieron, asimismo, para perjudicar a los alemanes en sus ataques con la V-I, bastante bien orientados inicialmente. El espía les aseguró que estaban disparando sobre las afueras del oeste de Londres; los alemanes acortaron el tiro, con lo que la mayoría de los artefactos caían al este de la ciudad.

Terminada la guerra, Pujol fue condecorado por el Reino Unido con la Orden del Imperio Británico y luego desapareció: tomó la recompensa recibida por sus servicios al III Reich (dólares que años después se revelarían falsos), las 15.000 libras que le pagó el MI-5 y abandonó el espionaje, su identidad y su país y hasta su familia. Las pesquisas de un periodista empeñado en entrevistarle, Nigel West, dieron fruto en 1984. Pujol, con 72 años de edad, vivía en Venezuela, donde falleció tres años después.

viernes 25 de abril de 2008

Vassili Zaitsev, francotirador soviético.

Vassili Zaitsev - 400 muertos
(149 muertos en la batalla de Stalingrado)

Este personaje os sonará por la película de "Enemigo a las puertas" aquí os pongo la supuesta verdadera historia sobre ese gran francotirador ruso.

Vassili nació en Elininski, un pueblo de los Urales, donde se crió como un campesino soviético típico de la época aprendiendo a cazar ciervos (no lobos). A partir de los 15 años alterna el cuidado de los rebaños de su ciudad en verano con el estudio en la escuela tecnológica de Magnitogorsk en invierno. Para él, aquellos estudios, eran una forma de escapar de su destino de campesino. Sin embargo, los preparativos de la guerra no respetaron sus deseos mucho tiempo siendo reclutado para el Ejército Rojo.

Inicialmente no fue destinado a una unidad de infantería, sino a la Armada, concretamente en Vladivostok, donde pasó cinco años como marino. Tras la entrada de los alemanes en Stalingrado, se presentó voluntario, junto a otros veinte marinos, para ir a luchar a la ciudad. Hasta ese momento, su oficial, que era responsable de la biblioteca de la base, se había negado a atender todas las peticiones de que los trasladaran a una unidad de combate. Irse voluntarios a Stalingrado fue la única forma de salir de aquella base naval en el Pacífico.

Cuando llegó a Stalingrado fue asignado a la 284ª División de Fusileros, pero dado su origen naval, los oficiales no consideraron conveniente meterle en primera línea de combate y lo mantuvieron en la orilla "segura" del Volga en tareas de retaguardia trayendo y llevando material a la otra orilla. La casualidad quiso que un día, en uno de esos viajes, armado con un rifle con mira normal, acabara de un sólo disparo con una ametralladora alemna que estaba a varios cientos de metros. Fue también la casualidad la que hizo que el oficial de la unidad fuera testigo de este hecho y ordenó que le consiguieran una mira telescópica y le asignaran a la unidad de francotiradores.

Es a partir de aquí cuando empieza a gestarse la leyenda. En apenas diez días, en Noviembre de 1942, acaba con 40 oficiales y suboficiales alemanes. A lo largo de toda la batalla de Stalingrado su cuenta ascendió a 194 (232 según algunas fuentes). La propaganda soviética, necesitada de gestas individuales, encumbró su hazaña convirtiéndolo en una especie de héroe popular.

Aquí la historia empieza a confundirse con el mito. Algunas fuentes aseguran que los alemanes nunca mandaron un francotirador a por él en concreto (y mucho menos al jefe de la escuela de francotiradores), aunque es cierto que los francotiradores de ambos bandos mantenían una guerra paralela cazándose mutuamente. Según otras fuentes, sin embargo, sí mandaron a un tirador alemán experto a Stalingrado con el objetivo de cazar francotiradores rusos que estaban desmoralizando a las tropas. Fue a Vassili a quien mandaron contra ese francotirador alemán, acabando con él en cuatro días. Pudo localizarle gracias a que estaba con un compañero (otro francotirador de nombre Koulikov) que asomó el casco por una ventana delatando la posición del alemán. Zaitsev esperó mucho tiempo hasta que el alemán salió para comprobar a quien había matado, y acabó con él. La mira telescópica de éste se la quedó como trofeo y aún hoy se exhibe en un museo de Moscú. Sin embargo, algunas fuentes refutan esta historia diciendo que no existe ningún informe alemán de ella y afirman que todo el enfrentamiento con el francotirador de élite alemán fue una patraña de la propaganda soviética.

El verdadero mérito de Zaitsev fue que era un francotirador "diferente". No había aprendido sus tácticas en las escuelas oficiales de francotiradores, sino más bien a base de prueba y error en el terreno; aquella diferencia desconcertaba a sus enemigos. Además, el mismo se encargaba de instruir a los nuevos francotiradores que llegaban a Stalingrado patrullando con ellos los primeros días que estaban en la ciudad y enseñando sus principales técnicas. Fue gestándose así un cuerpo de francotiradores de élite en el ejército soviético que, si bien no fueron un arma definitiva en la batalla ni en la guerra, sí trajeron de cabeza a los oficiales y suboficiales alemanes.

Tras la batalla de Stalingrado, Vassili Zaitsev continuo en el frente como francotirador hasta el final de la misma consiguiendo la nada desdeñable cifra de 400 muertos (una de las mayores de la Unión Soviética). Recibió dos veces la Orden de Lenin (una de las condecoraciones más altas) y fue nombrado Héroe de la Unión Soviética. Tras la guerra siguió en el ejército como instructor de francotiradores. De hecho, en la guerra fría, participó en muchos estudios y análisis sobre el uso de los francotiradores en la guerra moderna y es, en parte, responsable del apoyo que el ejército soviético siempre dio a esas unidades durante este periodo.

En 1971 se publicó un libro con su biografía "Notes of a Sniper" (que creo no se ha traducido al castellano) que fue la base de películas como Enemigo a las Puertas y "War of the Rats"


Vassili Zaitsev (a la izquierda)