jueves, 5 de mayo de 2016

800 tuits desde el infierno de Mauthausen



Un hombre llamado Antonio Hernández ha relatado durante tres meses a través de una cuenta de Twitter cómo es el infierno: a qué huele; quién lo dirige; qué hay de comer; cómo personas que nunca debieron ir a parar allí terminan acostumbrándose también al horror cotidiano. Nació en Molina de Segura (Murcia), en 1907; fue carabinero durante la Guerra Civil española y el preso 4.443 de Mauthausen. Antonio falleció en 1992, pero su sobrino Carlos, que conoce bien lo que sufrió durante los cuatro años y medio que su tío pasó en el campo nazi, le ha hecho hablar 70 años después en más de 800 tuits que resumen su historia. Desde el penoso traslado en vagones de ganado, en enero de 1941, hasta la liberación, el 5 de mayo de 1945: “¡Ahora sí! ¡Están entrando en el campo unos soldados! ¡Son americanos, no rusos!¡Somos libres! ¡Somos libres!”...

La cuenta, en la que se han volcado 250 espeluznantes fotografías, ha reunido a más de 40.600 seguidores, que han ido dando ánimos a Antonio ­–“No desfallezcas! ¡Tienes que sobrevivir”-, e incluso han preguntado por seres queridos –“Antonio, mi abuelo está en el campo. ¡Mira a ver si está vivo!”-. El periodista Carlos Hernández, autor de Los últimos españoles de Mauthausen, (Ediciones B) pretendía dar a conocer así la historia de su tío y de los más de 9.300 españoles que pasaron por los campos de concentración nazis; “que lucharon por la libertad de España y Europa y sin embargo, en su patria siguen siendo los grandes olvidados”.

Este es un resumen de esos cuatro años y medio de infierno a través de más de 800 tuits. Un ejemplo de cuánto horror cabe en 140 caracteres.

25 de enero de 1941. El tren llega a Mauthausen. En el interior de los vagones de ganado, cientos de hombres hacinados y sedientos oyen ladrar a unos perros. “¡Están abriendo las puertas!”, escribe Antonio a las dos de la mañana. “Nos hacen formar en filas de a cinco. No son soldados del Ejército regular alemán. Llevan calaveras en sus uniformes. ¡Son de las SS!”. Un prisionero traduce al español: “Vosotros que habéis entrado por esa puerta, perded la esperanza. Solo saldréis por allí”. Antonio, asustado, explica en un tuit a qué se refiere: “¡Está señalando la chimenea del crematorio!”.









Los SS le quitan una foto de su familia y la rompen en mil pedazos. “Unos barberos nos quitan hasta el último pelo del cuerpo. Sus navajas están tan desgastadas que nos arrancan la piel”. Tras una ducha que alterna agua hirviendo y helada, los sacan al patio. “Estamos desnudos sobre la nieve. Reparten unos uniformes rayados (...) me han dado un número de prisionero". Antonio tardará años en volver a escuchar su nombre. A partir de ahora es el preso 4.443.

Jueves 29 de enero. Antonio y un grupo de albañiles son llevados a las obras de construcción de un muro. “Estamos construyendo nuestra propia prisión. Esto es una verdadera locura”, escribe. Pese a todo, ha tenido suerte porque le podía haber tocado un destino peor. Domingo 1 de febrero, 19h. “Ahora regresa al campo el grupo que trabaja en la cantera. Vienen destrozados y detrás va un carro que traslada los cadáveres de este día”. Mañana habrá más.

Martes, 3 de febrero,19:05. “Pensaba que no acabaría nunca este día. Tengo las manos destrozadas y estoy hambriento. Necesito comer, necesito comer, necesito comer...” Miércoles, 20.00: “Me encuentro mal. Se me nubla la vista y noto que las piernas no me sostienen. Creo que esta va a ser mi última noche. Quizá sea mejor así”. Sábado 7. “¡Se me hiela la sangre! Hoy está supervisando nuestro trabajo el capitán Bachmayer. Es el número dos del campo y es un sanguinario” (...) “¡Tengo que hacerme invisible! ¡Que no se fije en mí! Acaba de matar a un compañero porque sí. Le ha pegado un tiro en la cabeza sin pestañear”.

21 de febrero. Han trasladado a Antonio a la cantera. Allí descubre uno de tantos macabros juegos de las SS. “10.30. Ya han tirado a siete prisioneros desde lo alto de la cantera. Los SS lo llaman El salto del paracaidista...”.

El 27 de febrero, a las 14.14, Antonio escribe con determinación: “No me voy a hundir. Esto está diseñado para matarnos a todos, pero yo voy a sobrevivir. No van a conseguir que me hunda”. Pero al día siguiente, a las 9.12, sus fuerzas flaquean: “Es sábado. Creo que voy a lograr terminar otra semana más con vida. Lo que no sé es si merece la pena seguir adelante. ¿Para qué seguir sufriendo?”, se pregunta.

Ese mismo día se da cuenta de que la situación podía ser peor. “Me alegro mucho de estar aquí solo, sin nadie de mi familia. Si esto es un infierno, aún lo es más si ves cómo pegan a tu padre o a tu hermano”. Otro prisionero español, José Alcubierre, un chaval barcelonés de 15 años, le hace, atormentado, una confesión: “Me comí su pan. Yo, su hijo, me comí su pan. Me lo dio y yo no lo rechacé”. Llora. Al padre de Alcubierre se lo ha llevado a Gusen.

Durante julio, agosto y septiembre llegan muchos convoyes cargados de españoles. “El campo está abarrotado y cada vez dormimos más apretados”, escribe. 4 de enero de 1942. Antonio publica una estremecedora imagen con el siguiente mensaje: “Cada vez son más los que se lanzan a la alambrada. ¿Por qué aún no han despegado a ese pobre hombre?”.

El viernes 3 de abril, Antonio hace un terrible descubrimiento. “Salaet dice que la sala en cuya construcción trabajó no eran realmente duchas. ¡Es una cámara donde asfixian a la gente con gas!”, escribe a las 21.05. “Dice Salaet que la han estrenado hoy: ‘Al dar el gas, los presos se lanzaron hacia la salida y se quedaron muertos detrás de la puerta”.

Y el 13 de abril, otra desagradable sorpresa: “¡Han abierto un prostíbulo! ¡Estos alemanes están locos! Han traído a 19 prisioneras del campo de Ravensbrück y las han metido en la barraca 1”. El precio para entrar son 2 marcos por diez minutos. Un compañero habla con una de las chicas: “Se ofrecieron voluntarias para escapar de la muerte y tener un poco más de comida”.

El día en que Hitler cumple 54 años llegan al campo cuatro mujeres. Una de ellas escupe en la cara de un oficial de las SS. Antonio presencia la escena admirado –“¡Qué coraje! ¡Qué valor!”, escribe-, pero enseguida ve cómo se la llevan. “¡La van a fusilar! La han matado..".

En la primavera de 1944 los españoles presos en Mauthausen perciben que algo está cambiando. “Cada vez se escuchan más bombardeos. Está claro que Alemania ya no es invulnerable. Los SS están cada vez menos arrogantes”.

8.50 del 19 de abril de 1944. Antonio explica cómo el horror del campo se detenía una vez por semana, para jugar al fútbol. “Hoy juega el equipo polaco contra el nuestro, el español. Siempre les ganamos. Los SS a veces nos dejan organizar estos partidillos”. “Les gusta el fútbol, por eso cuidan más a los prisioneros que juegan en la liguilla. Tienen más comida y trabajos menos duros”. “Todos hemos intentado apuntarnos al equipo para huir de la muerte. Pero cuando nos prueban duramos cinco minutos antes de caer al suelo agotados”.

Antonio relata cómo cada vez oyen más bombardeos y más cerca. “Está claro que si pierden la guerra nos van a matar a todos. Pero la organización tiene un plan para preservar las pruebas de sus crímenes”, dice refiriéndose a los planes de los presos españoles. “Un catalán, Boix, que trabaja en el laboratorio fotográfico, ha robado muchas fotos terribles. Esta es una de ellas”.

Gracias a Francisco Boix (Barcelona, 1920- París, 1951), preso en el campo, existen fotografías de las primeras horas en Mauthausen y de la huida de los nazis. Las imágenes se proyectaron en 1946 en el Tribunal Militar Internacional de Nuremberg.

El 25 de abril, Antonio informa de su traslado a Gusen Lungitz, “un subcampo que no es tan malo”. Al día siguiente describe la llegada, procedente de Auschwitz, de un tren de judíos. “La mitad estaban muertos. Los vagones eran descubiertos y se han congelado”. Esa noche gasean a los que han sobrevivido al trayecto. “Nos han seleccionado a varios españoles para que llevemos los cadáveres al crematorio. ¡Esto es un horror! Hay decenas de cuerpos”, escribe espantado. “Es la primera vez que entro en el crematorio y preferiría no haberlo hecho”. Antonio incluye una foto que explica por qué.

El 27 de abril relata una llegada inesperada, la de Siegfried, un niño de 11 años que parece haber enternecido a las SS por su rebeldía- se negó a que le reparan la cabeza-. Los alemanes se lo entregan al español Saturnino Navazo para que le cuide. Sus padres han muerto en Auschwitz. Siegfried y Saturnino saldrán del campo el día de la liberación cogidos de la mano, como padre e hijo.

El 1 de mayo, de vuelta en Mauthausen, Antonio denuncia que los alemanes están intentando destruir pruebas de sus atrocidades. “¡Están desmantelando la cámara de gas!”, escribe a las 14.05. “Boix nos cuenta que los SS han quemado hoy todas las fotografías que había en el laboratorio. ¡No saben las muchas copias y negativos que están a buen recaudo”, añade a las 19.50.

El domingo 3 de mayo, Antonio escribe: “¡Se están marchando! ¡Los SS se están marchando”. Al día siguiente, celebra el mejor amanecer en cuatro años y medio. Son las 7.56 de la mañana: “¿Qué ocurre? Ya es de día y sin embargo, no ha sonado la campana. Es la primera vez que no nos despiertan los kapos a golpes de porra”. “8.21. No nos atrevemos a salir de la barraca. Alguien tiene que hacerlo para ver lo que ocurre, pero si salimos igual nos disparan desde las torres”. 9.01: “¡Vamos a salir” Despacio... Un SS nos mira desde la torre. Espera... ¡No son SS! Son soldados muy mayores. Parecen más asustados que nosotros”. 9.51: “¡No queda ni un SS en el campo! ¡No puedo creerlo!”.

El 5 de mayo entran en el campo soldados americanos. “¡Somos libres! ¡Somos libres!, celebra Antonio. Los militares son recibidos por una pancarta que reza: “Los españoles antifascistas saludan a las tropas liberadoras”. Los estadounidenses quedan espantados con lo que ven. El campo está lleno de cadáveres. “Algunos presos están tan débiles que se nos están muriendo sin que podamos hacer nada”, lamenta Antonio.

“¡Vaya día increíble! Espero que, a estas horas, los aliados estén invadiendo España para acabar con el último dictador fascista de Europa”, escribe. Se equivoca. Los presos españoles de los campos nazis son los únicos que no serán recibidos como héroes en sus países al quedar en libertad. 70 años después, el Congreso acaba de aprobar rendirles un homenaje. Ya solo quedan unos 25 vivos. Antonio Hernández falleció en 1992 en Francia, el país donde tuvo que exiliarse.

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