lunes, 16 de febrero de 2009

La Batalla de Okinawa


Mientras MacArthur proseguía su lento avance por el frente sur del Pacífico, tratando de terminar la lucha en el archipiélago filipino y neutralizando la presencia japonesa en Borneo, Nimitz disponía sus fuerzas para lanzar una estocada mortal a Tokio: la conquista de la isla de Okinawa, la mayor del archipiélago de Riu-Kiu, abrupta, rocosa, bastante poblada y con una poderosísima guarnición.

Desde ella pensaban los norteamericanos lanzar sus aviones contra cualquier punto del suelo japonés y en ella tendrían una excelente base para aislar a Japón de todas sus fuentes de suministros.

Los planes se estudiaron antes de que finalizase la conquista de Iwo Jima y el desembarco se fijó para el 1 de abril de 1945. El mando norteamericano supuso que, al tratarse ya propiamente de suelo japonés, su dominio sería muy difícil y se dispusieron grandes medios anfibios, entre los que, por vez primera desde comienzos de 1942, los británicos quisieron integrar su flota de Extremo Oriente (vicealmirante Rawlings), compuesta por 22 unidades.

La Marina, subordinada a Spruance, concentró ante la isla la flota de guerra más poderosa de todos los tiempos: 40 portaaviones (22 de ellos de ataque, con más de 2.000 aviones), 20 acorazados, dos cruceros de batalla, unos 30 cruceros de batalla, unos 200 destructores y buques de escolta y cerca de un millar de transportes y buques de desembarco. Las tropas dispuestas para la acción eran tres divisiones de marines y tres de infantería del Ejército, que totalizaban 172.000 combatientes y 115.000 destinados a los servicios.



Frente a este inmenso despliegue de hombres y medios, el plan de combate japonés era sencillamente el suicidio. Las posiciones terrestres estaban en el interior; al sur de la isla, donde había menos bosque, estaban las pistas de aterrizaje y el terreno se prestaba a la fortificación.

Un ejército de 100.000 hombres (Ushijima) esperaba el desembarco, enterrado en sus cuevas, bien provisto de artillería y con intención de perecer en sus refugios o acribillado en los ataques banzai hechos a ciegas contra los bárbaros blancos.

Más de 2.000 aviones esperaban, en los campos japoneses, la batalla de Okinawa. Muchos eran kamikazes. En sus bases de Formosa y Kyu-Shu todo estaba preparado para celebrar el funeral de los pilotos, con el suicida presente, listo para despegar.

En las islas Kemara, la Marina tenía preparadas más de 300 lanchas suicidas. Pero los americanos conquistaron el pequeño archipiélago, a sólo 14 millas de Okinawa, y allí se instaló la artillería de Nimitz, en lugar de los barquitos japoneses cargados de explosivos.

Los americanos prepararon 280.000 hombres entre marines y soldados, 1.700 aviones de la Marina, además de los situados en aeródromos de las islas, y 1.682 buques.

Una semana antes de desembarcar, los portaaviones de Mitscher atacaron Japón para anular su aviación en lo posible. Muchos aparatos fueron abatidos o destruidos en tierra, pero los kamikazes alcanzaron al Wasp, al Yorktown y al Franklin y los averiaron seriamente. También los B-29 dejaron de martirizar temporalmente a la población civil de las ciudades, para atacar las bases aéreas.

Para disponer de una mejor plataforma de ataque y un abrigo seguro para los buques en caso de tempestad, el mando norteamericano tomó previamente los islotes de Kerama. Tal decisión resultó providencial, pues en las abundantes y amplias cuevas semiinundadas por el mar que tienen tales islotes hallaron los norteamericanos medio millar de torpedos suicidas, ingenios propulsados por potentes y silenciosos motores que, con un piloto suicida a bordo, deberían lanzarse contra los buques norteamericanos durante la noche. Su carga explosiva, de más de una tonelada, hubiera sido fatal para los buques de transporte y los portaaviones de escolta.

Por fin llegó el día de Pascua, 1 de abril de 1945. A las 8.30 de la mañana, la primera andanada de artillería naval estremeció los 1.176 kilómetros cuadrados de la isla (cuya longitud máxima es de 107 kilómetros y la anchura de unos 12). Durante las tres horas siguientes, buques y aviones batieron con furia la zona de desembarco y las posiciones reales o supuestas de los japoneses.

A mediodía, las lanchas de desembarco navegaron hacia la costa oeste, vararon y echaron sus rampas. Los soldados chapotearon hacia la playa, aplastados por el peso del equipo y por la angustia. Nada ocurrió. Sin embargo, allí no había ni un japonés.




Por la tarde, 60.000 hombres estaban en tierra sin escuchar un tiro. Dos días después, los desembarcados habían cruzado la isla sin encontrar al enemigo. Pero el 4 de abril llegaron a la línea Naha-Yanaburú, junto al castillo de Shuri, el monumento más viejo de Japón. Erigido en el siglo XVI, sobre una construcción más antigua de madera, tenía 18 kilómetros de perímetro y muros de 6 metros de espesor.


Pero, mientras en tierra no estallaba la tormenta, el mar y el cielo de Okinawa eran el infierno: los kamikazes se empleaban en un desesperado intento.

Ya el día 1, la flota había temblado ante su visita, que voló dos buques. Dos días después, alrededor de Kerama había un cementerio marino. Desde el día 6, los suicidas desencadenaron el crisantemo flotante (Kikusui), es decir, el ataque kamikaze masivo.

En el primer Kikusui intervinieron casi 700 aparatos, de los que la mitad eran kamikazes. Tres destructores y dos transportes de municiones americanos se fueron con ellos al fondo. El día 7 de abril continuó el ataque, sufriendo cuantiosos daños y muchas bajas el acorazado Maryland y el portaaviones Hancock.

El mismo 7 de abril la Marina japonesa participó en aquella locura. El almirantazgo decidió sacrificar al Yamato. Evidentemente, cuando todo estaba siendo calcinado, no podía quedar intacto e inoperante aquel inmenso navío que durante toda la guerra fue el buque insignia de la Flota Combinada.

El Yamato partió el 1 de abril de la base de Kure, acompañado por un crucero ligero y ocho destructores. El gigante llevaba a bordo tres almirantes y su dotación completa, de 2.767 hombres. Su misión era distraer la atención norteamericana para facilitar el ataque masivo de los kamikazes. Y, como ellos, el Yamato también marchaba hacia la muerte: su carburante, a falta de petróleo, era aceite de soja y sólo disponía de combustible para el viaje de ida.

Detectada esta flota por un submarino norteamericano, Mitscher lanzó contra ella 386 bombarderos, que iniciaron su ataque a mediodía del 7 de abril. La flota japonesa se defendió con valor y destreza, pero su artillería antiaérea estaba demasiado anticuada para frenar a los norteamericanos.

Dos horas después de iniciado el ataque, se hundió el Yamato, al que de nada sirvieron sus gigantescos cañones de 460 mm., arrastrando al fondo del mar 2.498 vidas. Bombas y torpedos terminaron también con el crucero ligero y cinco destructores. En aquella absurda misión perecieron 3.665 marinos, a cambio de 10 aviones y 12 aviadores norteamericanos.

En tierra la situación se había endurecido a partir del día 4. Tras las fáciles penetraciones de los días anteriores, los norteamericanos alcanzaron, por fin, la línea de defensa japonesa, donde las tropas de Ushijima se defendían con ventaja, permitiéndose incluso sangrientos contraataques.

La lucha, que se prolongó tres meses, revestiría una dureza inaudita y sólo igualada por la que anteriormente ofreciera Iwo Jima. El avance norteamericano, apoyado por el fuego de la escuadra y el continuo bombardeo aéreo, fue de lentitud desesperante, registrándose muchas jornadas combates feroces que no lograban despejar más de 10 metros de terreno.




Especialmente feroz fue la defensa del viejo castillo de Shuri; contra sus murallas de coral se estrellaban como huevos los proyectiles explosivos de los acorazados Mississippi y Missouri, que finalmente fueron dotados de munición especialmente perforante para hacer mella en los muros. Los bombardeos aéreos resultaron también ineficaces, pues las defensas subterráneas resistían cualquier prueba.


A mediados de mayo, las principales defensas japonesas habían caído y los norteamericanos comenzaron a limpiar el terreno y las últimas líneas que protegían Naha, capital de la isla. La resistencia, aunque menos eficaz, seguía siendo tremenda, salpicada por ciegos ataques banzai, que dejaban el terreno cubierto de muertos.

Aquello era el final, pero las abundantes lluvias retrasaron las operaciones. A comienzos de junio, los americanos prosiguieron el avance, penosamente, entre el horror de destruir cada cueva japonesa con lanzallamas, mientras en el mar la tormenta kamikaze había hundido más de 30 barcos y averiados más de 300.

El día 21 de junio, el general Ushijima y su jefe de Estado Mayor tomaron su ritual comida de arroz. Luego se hicieron el harakiri. La resistencia cesó y unos 7.000 hombres se rindieron. Otros se lanzaron al mar, contra los campos de minas o se abrieron el vientre. Unos 110.000 militares y civiles japoneses murieron.



Por parte norteamericana, las pérdidas eran también muy graves: las fuerzas desembarcadas tuvieron 7.613 muertos y 32.000 heridos; 26.000 soldados fueron retirados por enfermedades diversas. La flota también registró muchas bajas, más de 5.000 muertos, más de 6.000 heridos y cercó de un millar de aviones perdidos, aparte de los buques ya reseñados.


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