lunes, 10 de enero de 2011

El problema social que impulsó a Hitler

En 1931, la República de Weimar, nombre de la Alemania de entreguerras, superó la cifra de 5 millones de parados. La promesa de bienestar dio el poder al partido nacionalsocialista (NSDAP) de Hitler, que ya había sido el segundo más votado en 1930. Pero el programa económico nazi era primitivo y se basaba en una expansión territorial que implicaba la ocupación o la guerra con sus países vecinos y, al final, con la Unión Soviética.

El objetivo de Hitler era atacar a la URSS y acabar con el régimen soviético, obteniendo, de esa forma, conquistas territoriales que garantizaran la hegemonía alemana. Para ello, tenía que someter a Francia y conseguir la neutralidad inglesa. Como es sabido, los pasos previos fueron la invasión de Austria, en marzo de 1938, la desmembración de Checoslovaquia, en octubre siguiente, y su posterior ocupación, en febrero de 1939; y, por fin, la guerra contra Polonia, en septiembre de 1939.

Hitler contaba con que dos millones de jóvenes soldados alemanes debían perder la vida en el proyecto. Entre las cuestiones que le obsesionaban, por no decir que se trataba de la cuestión fundamental, estaba la de lograr la lealtad de la retaguardia, para que no se produjera el derrumbamiento de 1918, del que él mismo había sido testigo. En su opinión, la clave de aquella traición había sido el bloqueo económico impuesto por Inglaterra y la miseria que recayó sobre las familias de los soldados. Todo se orientó a la prosperidad ciudadana, para evitar el hundimiento de la retaguardia. El Estado hitleriano apuntaba hacia la guerra, hasta el extremo de depender de ella como de algo que debía suceder necesariamente. Su lógica era la de la rapiña: el gasto armamentístico generó un déficit inmenso, lo que llevó a dejar de publicar los presupuestos del Estado para ocultarlo.

Ingresos

Si no quería ir a la ruina, Alemania necesitaba ingresos más allá de lo ordinario. Por eso, Hitler decidió exprimir al máximo a una categoría de ciudadanos, los judíos, de modo que con sus bienes –su trabajo, sus casas y, finalmente, todo lo que llevaran encima antes de ser exterminados– pudieran garantizar el bienestar de los demás.

Cada nuevo país conquistado era sometido a una intensa rapiña con esta finalidad. El historiador alemán Götz Aly ha mostrado la intensidad del proceso y cómo se hizo de forma que se evitara al máximo la protesta local. Las tropas de ocupación alemanas eran pagadas por el país rapiñado, y al mismo tiempo, los soldados, con la moneda local, podían comprar los mejores productos, normalmente para enviárselos a sus familias. De esta forma los países eran robados dos veces, despojados de sus mejores productos con el dinero que ellos mismos habían pagado a los soldados alemanes, y a Alemania no le costaba nada elevar el nivel de vida de sus ciudadanos, ni las importaciones le creaban inflación o déficit.

Colaboracionismo

La lealtad de los países ocupados se reaseguraba mediante la persecución de los judíos, llevada a cabo por las autoridades locales, que además así hacían recaer sobre los judíos la culpabilidad por unas desgracias de las que sólo Alemania era responsable. Aliviaban el sufrimiento que suponía la ocupación exprimiendo, a su vez, a los judíos. La población local se beneficiaba del expolio de los judíos, aunque lo fundamental de sus propiedades (cuentas bancarias, joyas, etc.) fuera a parar a Alemania. Así, la rapiña garantizaba el colaboracionismo.

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